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CONGO

Deuda, muerte y el dictador

Hoy sigue resonando en todo el mundo el grito para que se condone buena parte de la deuda externa a algunos de los países más subdesarrollados.

Hoy sigue resonando en todo el mundo el grito para que se condone buena parte de la deuda externa a algunos de los países más subdesarrollados.
El dictador de la República del Congo Denis Sassou-Nguesso

Líderes religiosos, actores y estrellas de rock le dicen asiduamente a todo político occidental que se encuentran, desde presidentes hasta primeros ministros, que la condonación masiva de la deuda de algunos de los países más empobrecidos del mundo es una obligación moral. El no abrazar semejante causa, se oye a veces, equivale a condenar a muerte a millones.

No importa lo que uno piense sobre esas afirmaciones, éstas son bastante difíciles de aceptar a la luz del comportamiento de algunos líderes políticos de África. Tomemos por ejemplo al presidente de la República del Congo, Denis Sassou-Nguesso, que estuvo esta semana en Washington para instar, entre otras cosas, a una inmediata y amplia condonación de la deuda de su nación.

Decir que el presidente Sassou-Nguesso tiene un pasado lleno de altibajos es quedarse corto. En una de sus encarnaciones previas como marxista, Sassou-Nguesso llegó al poder a principios de los años 80 antes de volver nuevamente al él después de una guerra civil que acabó en 1997. En varias ocasiones, quienes lo apoyan han sido acusados de numerosas atrocidades, incluyendo la tortura y la violación, por Amnistía Internacional y otros observadores internacionales.

Para dictadores de toda clase pertenecientes al tercer mundo, éstos son hechos comunes y corrientes a los cuales los occidentales ya se han acostumbrado hasta el aburrimiento. Pero lo que es particularmente condenable acerca de este líder africano en concreto es la forma en la que su gobierno sigue falseando los hechos respecto a lo que sucede con los considerables ingresos que se derivan de la industria petrolera del Congo; ingresos que podrían usarse para cancelar su considerable deuda externa. El FMI, por ejemplo, ha afirmado que "las ganancias petroleras siguen siendo desviadas para otros usos y no llegan a la tesorería". En lenguaje burocrático codificado es otra forma de describir esa palabra que empieza por la letra C: Corrupción.

Nada de esto habría llamado la atención del público en general sino fuera por la forma descarada en la que el presidente Sassou-Nguesso se gasta el dinero en él y su séquito cuando viajan al extranjero. Mientras los ciudadanos del Congo siguen estancados en estándares de vida que provocan enfermedades y con niveles de mortalidad relegados a la historia hace siglos en Occidente, su líder gastó 295.000 dólares por una estancia de 8 noches para él y su séquito de 50 personas (incluyendo a la peluquera de su esposa) a principios de año en Nueva York. Y es sólo uno de los muchos ejemplos similares que hay documentados del gasto extravagante del presidente de un país en el que el ciudadano promedio vive con 2 dólares al día.

Pero si dejamos atrás los detalles sórdidos de este caso en particular, quizá su mayor significado esté en la forma de cómo resalta fuertemente los conocidos peligros morales y económicos de empeñarse en aliviar la deuda de forma amplia e imprudente. El resultado más probable de esa extensa condonación es el continuo menoscabo de la reputación de muchas naciones en desarrollo para cumplir con sus obligaciones contractuales. Esto, a su vez, limita su acceso futuro a capital extranjero que es necesario para su crecimiento económico.

Permitir que naciones fuertemente endeudadas se libren de sus deudas justamente lanza la señal económica errónea a los que prestan capital privado y público a nivel internacional. ¿Por qué tendrían que prestar más fondos en el futuro a esos países si nunca pueden estar seguros de que les devolverán lo prestado? Los países en desarrollo necesitan cultivar una reputación como prestatarios responsables que no sólo usan los fondos prestados de manera productiva sino que también pagan las deudas contraídas. ¿Cómo ayudaría la condonación de la deuda a un país como el Congo, especialmente dada su extensa corrupción gubernamental, a alcanzar esas metas?

En el lado moral de la ecuación, esa condonación de la deuda es muy cuestionable en la medida en que de hecho hipoteca el futuro económico de los ciudadanos de a pie en países como el Congo. Son ellos –no los Sassou-Nguessos del mundo– los que sufrirán como consecuencia del limitado acceso futuro del Congo al crédito extranjero, algo esencial para el único exterminador infalible de la pobreza: el crecimiento económico.

Además, ¿cree alguien en serio que la condonación de la deuda –que lo que consigue es librar de responsabilidades a esas élites políticas del mundo en desarrollo que han desviado corruptamente los miles de millones prestados a sus países– logrará disuadir a los futuros líderes de esas naciones para que no sigan el mismo camino? Con toda seguridad, esas acciones sólo socavarán los esfuerzos en marcha para desincentivar la corrupción entre esas élites porque se estaría premiando con una condonación a los países cuyos líderes han sido unos prestatarios irresponsables.

¡Ya basta! Ya se acabó la época de aplacar a los políticos africanos corruptos. Denegar las exigencias del presidente Sassou-Nguesso enviaría un mensaje a las élites políticas del mundo en desarrollo: que los días de jugar con el futuro de sus pueblos se han terminado. Aunque semejante negativa pueda parecer pasada de moda, el bienestar futuro de millones de africanos depende de ello.

Acton InstituteSamuel Gregg, doctorado en Filosofía por la Universidad de Oxford y director de Investigación del Instituto Acton en Grand Rapids, Míchigan (EEUU). Es autor de "Economic Thinking for the Theologically Minded" (University Press of America, 2001) y de "On Ordered Liberty: A Treatise on the Free Society" (Lexington Books, 2003).

* Traducido por Miryam Lindberg del original en inglés.
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